Buscando a su marido en la Gran Muralla

(cuento de la etnia china Han)

Doscientos años antes de nuestra era el primer Emperador de la dinastía Chin ascendió al trono bajo el nombre de Shih Huang. Este Emperador era muy cruel y obligaba a la gente de todo el país a construir la Gran Muralla para proteger su Imperio. Nunca paraban de trabajar; día y noche. La gente llevaba piedras muy pesadas, ladrillos y rocas, atemorizados por los chasquidos que hacían los látigos de los capataces. Recibían muy poca comida; la ropa que llevaban eran harapos y nadie se extrañaba si un gran número de ellos moría al cabo del día.

Entre todos los que habían sido obligados a prestar el servicio de construir la Gran Muralla para el Emperador Shih Huang había un hombre joven llamado Wan Hsi-Liang. Este jove tenía una hermosa y virtuosa esposa cuyo nombre era Meng Chiang-nu. Durante mucho tiempo después de que tu marido fuera obligado a abandonarla, Meng Chiang-nu no tenía noticias de él y le apenaba sólo el pensar lo que él estaría sufriendo trabajando para el maldito Emperador. Su odio hacia el déspota empezó a crecer tanto como el tiempo que su marido había estado alejado de ella. Una primavera, cuando las flores empezaron a florecer, los árboles a retoñar, la hierba se volvió de un verde exhuberante y las golondrinas volaban por pares en el cielo, su pena se volvió insoportable y empezó a vagar por el campo cantando:

“En Marzo los almendros están en flor:

las golondrinas empiezan a construir sus nidos.

Vuelan alegres de dos en dos….

Dejándome sola; !qué triste estoy!”.

Cuando llegó el Otoño seguía sin tener noticias de Wan Hsi-liang. Se rumoreaba que la Gran Muralla se había construído en algún lugar del norte donde hacía mucho frío y era imposible tener las manos al aire sin guantes con el riesgo de que se te helaran los dedos. Cuando Meng Chiang-nu oyó ésto se puso a tejer inmediatamente prendas de algodón acolchado para su marido. Pero, ¿quién se los haría llegar hasta la Gran Muralla?. Reflexionando mucho sobre el asunto una y otra vez decidió llevar ella misma la ropa y unos zapatos a su marido.

Hacía mucho frío cuando ella emprendió el camino. Las hojas de los árboles empezaban a caer de los árboles; las cosechas ya habían sido recogidas y los campos estaban vacíos y desangelados. Le resultaba triste a Meng Chiang-nu caminar sola precisamente porque nunca había abandonado su casa ni se había alejado tanto de ella y tampoco sabía muy bien cómo preguntar por los caminos que debía recorrer.

Al caer la tarde llegó a un pueblo y se acomodó en un pequeño templo, cerca del camino, para pasar la noche. Después de haber caminado durante todo el día sintió que estaba muy cansada y se quedó dormida tan pronto como se tumbó sobre una piedra plana. Soñaba que su esposo venía hacia ella y unos sentimientos de gran alegría la invadieron. Pero entonces ella presintió que él había muerto y empezó a llorar amargamente. Cuando despertó por la mañana estaba abrumada, envuelta en un mar de dudas y ahogándose en la tristeza con sólo recordar el sueño que había tenido. Maldiciendo al Emperador que había hecho desgraciadas a tantas familias, Meng Chiang-nu continuó el camino.

Otro día llegó a una posada pequeña cerca de un camino después de haber subido una cuesta muy empinada y rocosa. La posada era regida por una mujer muy mayor que cuando vió el aspecto de Meng Chiang-nu´s, la cara roja, la ropa polvorienta, la preguntó dónde iba. Cuando Meng Chiang-nu le dijo dónde iba la vieja se sintió profundamente conmovida.

“!Aja!, dijo: la Gran Muralla está muy lejos de aquí; hay montañas y rios que cruzar. ¿Cómo puede una débil mujer como tú llegar hasta allí?”. Pero Meng Chiang-nu le contestó a la vieja que ella estaba decidida a entregar la ropa y los zapatos a su marido a pesar de todo. A la vieja le impresionó la fuerza de voluntad de la joven y empezó a preocuparse por su seguridad. Al día siguiente acompañó a Meng Chiang-nu unos cuantos pasos en el camino con el fin de demostrarle su simpatía y solidarizarse con su causa.

Y entonces, Meng Chiang-nu siguió caminando sin parar hasta que un día llegó a un valle de muy difícil acceso que había entre las montañas. El cielo estaba cubierto de nubes grises; un fuerte viento empezó a enfriar el aire. Caminó bastante rato atravesando el Valle sin encontrar una sola casa. Todo lo que veía eran hierbajos secos, zarzas y rocas. Estaba anocheciendo y apenas podía distinguir el camino. Al pie de las montañas había un río con agua de color algo turbio. ¿Dónde iría?, decidió pasar la noche cobijada entre algunos arbustos. Como no había comido mucho en todo el día, cada ráfaga de viento que soplaba cerca de ella hacía que se estremeciera. Pensando en cuanto sufriría su esposo en ese clima tan frío empezó a sentir que un cuchillo atravesaba su corazón. Cuando Meng Chiang-nu abrió los ojos a la mañana siguiente se encontró, ante su asombro, todo el valle, incluso su propio cuerpo, cubiertos con una manta de nieve. ¿Cómo iba a continuar el viaje?.

Mientras estaba meditando acerca de sus planes apareció un cuervo que se posó delante de ella. El cuervo graznó dos veces y echó a volar, pero lo hizo a una distancia muy corta; se posó delante de ella y volvió a graznar dos veces más. Meng Chiang-nu decidió que el pájaro estaba invitándole a seguir la dirección que le indicaba y se consoló pensando que el viaje sería más llevadero con la compañía de un ser vivo; entonces empezó a cantar:

“!Remolinos de nieve hacen los copos en invierno.

Yo, Meng Chiang-nu, camino abrigada con ropa de invierno.

Un cuervo hambriento es mi guía.

La Gran Muralla está lejos y yo estoy lejos de ella.!”

De esta forma caminó cruzando montañas y grandes ríos, además de pequeños arroyos. Y así otro día menos que le faltaba para llegar a la Gran Muralla. El viento era penetrantemente frío y las laderas de las montañas estaban cubiertas con hierba seca solamente sin un sólo árbol a la vista. Grupos de gente se acurrucaban contra la Gran Muralla; era gente que había sido llevaba allí contra su voluntad para construirla.

Meng Chiang-nu caminó a lo largo de la Gran Muralla intentando encontrar a su marido entre todos los que trabajaban allí. Preguntó por él, pero nadie le conocía ni sabía nada de él; y ella siguió preguntando y preguntando a unos y a otros. Enseguida se dió cuenta del color cetrino que tenían las caras de los trabajadores; sus mejillas parecían salirse de la piel y se dió cuenta que muchos de ellos estaban muriéndose sin que nadie les prestara atención. La angustia por su marido desconocido para los demás empezó a crecer y tragándose muchas lágrimas amargas continuó con la búsqueda.

Por lo menos había aprendido lo que era la triste verdad. Su marido había muerto hacía tiempo debido a un trabajo duro e insoportable y su cuerpo había sido enterrado justamente donde había caído; bajo la Gran Muralla. Oyendo estas trágicas noticias Meng Chiang-nu perdió el conocimiento y cayó al suelo. Algunos trabajadores trataron de reanimarla, pero tardó mucho en recobrar la consciencia. Cuando lo hizo se ahogó en un río de lágrimas durante muchos días y un gran número de trabajadores lloraban también con ella. Pero tan amargo era su lamento que, súbitamente, una parte de la recién construída muralla empezó a desmoronarse a la vez que una violenta tormenta de remolinos de aire se apoderaba de la arena y de los ladrillos.

“Era Meng Chiang-nu quien, con sus lágrimas, causó el desmoronamiento de la Gran Muralla”; la gente empezó a decir, a unos y a otros, con asombro, a la vez que maldecían al cruel Emperador que no había causado más que desgracias a sus súbditos.

Cuando el Emperador tuvo noticias de la forma en que Meng Chiang-nu había hecho desmoronarse una parte de la Gran Muralla se personó inmediatamente a comprobarlo y ver con sus propios ojos que clase de persona era ella. Se dió cuenta de que era tan hermosa como un hada, y le preguntó si quería convertirse en su concubina. Meng Chiang-nu, que odiaba profundamente al emperador por sus formas crueles, rechazó el ofrecimiento. Pero ella pensó que un ardid podría servir a sus propósitos más que su franqueza, y contestó amablemente: “Si, quiero serlo si tu haces tres cosas para mí”. El Emperador entonces preguntó cuales eran esas cosas y Meng Chiang-nu dijo: “La primera es que entierres a mi esposo en un ataúd de oro con una tapa de plata; la segunda es que todos tus ministros y generales vayan al sepelio y atiendan a su funeral; la tercera es que tu también asistas al funeral llevando ropas de duelo como si fueras su hijo”.

Estaba tan fascinado con tu belleza que el emperador aceptó las tres propuestas inmediatamente. Todo fué debidamente acordado. En el funeral el Emperador Shih Huang caminó cerca del ataúd mientras el cortejo compuesto por todos sus hombres le seguía. El Emperador anunció con satisfacción que tenía una nueva concubina.

Pero Meng Chiang-nu, cuando vió a su esposo debidamente enterrado se inclinó sobre tu tumba, en honor del fallecido, llorando amargamente un largo rato. Entonces de repente, ella saltó al río que pasaba cerca de la tumba. El Emperador se enfureció al ver truncados sus deseos. Ordenó a sus asistentes sacarla del agua otra vez, pero antes de que pudieran alcanzarla, Meng Chiang-nu se había convertido en un hermoso y plateado pez que nadaba graciosamente fuera ya de la vista de los demás y se adentraba cada vez más en las profundidades del río de aguas azul-verdosas.

María de Gracia

https://www.lecturatarot.com/blog/

https://www.lecturatarot.com/

www.mariadegracia.net/

www.lectura-tarot.com/

bibliografía:

Folk Tales from China, first series (Peking: Foreign Languages Press, 1957), pp. 90-98. Translated by Chou Chia-tsan.

Acerca de María de Gracia

Me llamo María de Gracia, soy natural de Madrid, España, y dedico todo el tiempo que puedo a mi blog, a mis artículos, a las clases, a algunas terapias, y también a leer las cartas del Tarot de Marsella. No estoy en ninguna red social, ni en facebook, ni en ninguna otra, ya que mi trabajo en el blog, y mi familia, ocupan la mayor parte de mi tiempo. Gracias por visitar mi blog y por seguir confiando en mi trabajo. Un saludo muy cordial, María de Gracia
Esta entrada fue publicada en Cuentos y leyendas. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *