El caballito de oro y la camisa del Dragón de Fuego

(Leyenda de la etnia china Han)

Erase una vez un casero que amaba más al dinero que a su propia vida. Por más pequeñas que fueran las monedas a sus ojos le parecían grandes como ruedas de molino. Estaba siempre pendiente de encontrar la forma de ganar más dinero y se comportaba de una manera demasiado avara con sus colonos. Todos ellos le llamaban: “Roñoso”.

Un año, el desastre de la sequía devastó el area arruinando todas las cosechas. Los campesinos, que vivían al día y nunca habían hecho acopio de grano, tuvieron que empezar a comer cortezas y raíces para sobrevivir hasta que acabaron comiéndose todas las que había. La hambruna les obligó a pedir un préstamo a Roñoso para comprar grano, cuyos graneros, grandes y pequeños, estaban llenos a rebosar. Aunque el grano estaba germinado y la harina estaba infectada de gusanos, era tan miserable que les echó de su propiedad con cajas destempladas. Los campesinos abandonaron el lugar hechos una furia y decidieron buscar la forma de darle una lección.

Juntaron sus cabezas y pronto dieron con un buen plan. Reunieron unas pocas monedas de plata y consiguieron encontrar un pequeño caballito, un potro. Rellenaron la silla del caballo con las monedas de plata y bloquearon el agujero de la silla con una mecha de algodón. Entonces decidieron que se encargaría de todo un campesino que se había ganado el mote de “Bocazas” porque decían que hacía salir a los muertos de sus tumbas cuando hablaba. Los campesinos mandaron a Bocazas llevar el caballo a Roñoso. Al verlos entrar en su propiedad, Roñoso montó en cólera. Sus bigotes se erizaron. Lanzó una mirada asesina a Bocazas y muy enfadado le espetó: “eres un maldito estúpido, has ensuciado mi pequeño jardín, !fuera de mi vista!”.

“Por favor, baje la voz, señor””, dijo Bocazas con una maliciosa sonrisa. “Si usted asusta a mi caballo y le hace desbocarse tendría que vender todo lo que tiene para compensarme del daño”.

“Así estamos, Bocazas, !fanfarroneando otra vez!”, dijo Roñoso: ¿Qué valor puede tener este caballito tan esmirriado?”

A lo cual Bocazas replicó: “Ninguno, excepto que cuando mueve sus entrañas de plata el oro empieza a salir”.

En ese mismo momento, la furia de Roñoso se evaporó y no perdió tiempo en preguntar: “¿Dónde conseguiste a esta bestezuela?”.

“Tuve un sueño la noche pasada”, empezó a decir Bocazas: “Me encontré con un viejo de barba blanca que me dijo: “Bocazas, el potro que usaba para transportar lingotes de oro y plata el Dios de la Abundancia ha sido degradado y mandado a la Tierra. Vete al Norte y recupérale. Cuando mueve sus entrañas el oro se convierte en plata y sale fuera. Si lo capturas te harás muy rico”. Entonces el hombre viejo me dió un empujón y yo me desperté. No lo tomé en serio pensando que no era más que un sueño. Pero volví a dormirme otra vez y tan pronto como cerré mis ojos el hombre viejo de la barba blanca volvió a aparecer y me dijo que me diera prisa porque el potrillo caería en otras manos si yo tardaba tanto en ir a buscarlo; y entonces me dió otro empujón y volvió a despertarme. Me vestí y salí corriendo. En el Norte ví una bola de fuego y de repente pude ver al potrillo pastoreando. Entonces me lo llevé a casa. Al día siguiente encendí un quemador de incienso y tan pronto como encendí el incienso el potro empezó a echar por la parte de atrás lingotes de plata”.

“¿De verdad”?, preguntó con impaciencia Roñoso.

Bocazas replicó: “Hay un viejo probervio que dice: “la prueba del postre está en lo que comes”, “si no me crees, permíteme que te haga una demostración”.

Preguntó a Roñoso si podía encender un quemador de incienso. Mientras tanto puso un plato debajo del trasero del caballo y sin que el otro se diera cuenta sacó la mecha de algodón de la parte de atrás de la silla de montar y las pequeñas monedas de plata empezaron a caer ruidosamente sobre el plato. Viendo lo que hacía el caballo, Roñoso ávidamente preguntó: “¿Cuánto produce al día?”.

“Tres o cuatro sacos al día en el peor de los casos”, replicó Bocazas: “pero el hombre viejo de mis sueños me dijo que si encontraba a una persona realmente afortunada el caballito podría llegar a producir treinta o cuarenta sacos”.

Bocazas se dijo a sí mismo: “Debo ser uno de esos. Suponiendo que consiga el caballo podría llegar a producir por lo menos veinte sacos al día. Eso significa seiscientos sacos al mes y siete mil doscientos sacos al año”.

En cuanto más cuentas echaba, más aumentaba su cariño por el caballo. Decidió que tenía que comprarlo y habló de ello con Bocazas.

En un principio Bocazas no quería ni oir hablar del tema. Roñoso intentó persuadirle otra vez y le prometió pagarle el precio que le pidiera. Al final Bocazas se rindió y dijo: “Bien, hecho. Mi suerte es evidentemente peor que la tuya. Te lo venderé. Pero no quiero ni monedas de oro ni de plata, sólo quiero treinta toneladas de grano.

Roñoso encontró el precio muy barato y aceptó inmediatamente. Hicieron el intercambio sin pensárselo dos veces.

Bocazas volvió rápidamente a su granja llevando todo el grano y distribuyéndolo entre sus amigos los campesinos. Todos estaban muy contentos. Por su parte, Roñoso, se sintió todavía más feliz al verse poseedor del caballito y no podía dejar de felicitarse por haber sido tan listo haciendo un negocio tan redondo. Tenía miedo de perder al caballo e intentó atarle en diferentes sitios, pero ninguno de ellos le parecía lo suficientemente seguro. Finalmnete le ató dentro de su propio salón. Extendió una alfombra roja en el suelo y encendió un quemador de incienso. Toda la familia contemplaba extasiada al potro deseando ver cómo empezaban a salir el oro y la plata.

Esperaron hasta la medianoche. De repente el caballo abrió sus patas traseras. Roñoso notó que algo estaba empezando a “producirse” y corrió a por un plato que puso debajo de la cola del caballo. Esperó unos minutos, pero no ocurría nada. Roñoso estaba tan ansioso que levantó la cola del caballo, se agachó y puso mucho empeño en no perder de vista lo que iba a ocurrir. Se oyó el ruido de una salpicadura, y como Roñoso no tuvo tiempo de retirarse, el caballo siguió “salpicándole” toda la cara. El oro líquido le caía por la nuca y seguía cubriéndole el resto del cuerpo. El hedor era tan insoportable que Roñoso empezó a gritar. La hermosa alfombra roja estaba totalmente destrozada. La habitación entera se convirtió en un establo. Roñoso se dió cuenta de que había sido engañado y montó en cólera echando al caballo a la calle.

A la mañana siguiente lo primero que hizo fué ordenar a dos matones que capturaran a Bocazas. Pero los campesinos le habían escondido a tiempo. Los sicarios de Roñoso le buscaron arriba y abajo y siempre volvían con las manos vacías para mayor enfado del patrón. No había otra solución que la de mandar unos cuantos espías y esperar.

El Invierno llegó en un abrir y cerrar de ojos. Un día Bocazas entró en una propiedad prohibida y fué capturado por uno de los matones de Roñoso. Cuando estuvo cara a cara con él, a Roñoso le rechinaban los dientes de ira y sin pensárselo dos veces ordenó que se llevaran a Bocazas y lo encerraran en uno de sus molinos. Le habían quitado toda la ropa y le dejaron sin nada encima con la certeza de que las heladas nocturnas acabarían con él. Ese invierno era uno de los más fríos que se recuerdan. Fuera del molino la nieve seguía cayendo y el viento cortaba como si fueran cuchillos. Bocazas estaba tiritando de frío. Como el frío era del todo insoportable se le ocurrió que podría resistir si daba vueltas alrededor de la piedra del molino. Pronto entró en calor y empezó a sudar. Pasó toda la noche haciendo lo mismo, caminando y parando de vez en cuando para descansar.

A la mañana siguiente Roñoso estaba convencido de que Bocazas estaría muerto, pero cuando abrió la puerta del molino, ante su sorpresa, encontró a Bocazas envuelto en una nube de vapor. Bocazas gritó: “!Señor, tenga piedad de mí y présteme un abanico! o moriré de calor!”.

“¿Cómo es que tienes tanto calor?”, preguntó un Roñoso estupefacto.

“Esta camisa que llevo es una reliquia sin precio”, exclamó Bocazas: “la llaman la camisa del Dragón de Fuego. En cuanto más frío hace, más calor da”.

“¿Dónde la conseguiste?”

“Originalmente era la piel que había mudado el Señor Dragón de Fuego. Entonces la Reina del Cielo del Oeste la transformó en una camisa. Después de éso cayó en manos de uno de mis antepasados y se convirtió en la reliquia familiar. Ha pasado de generación a generación hasta que finalmente ha llegado a mis manos”.

Viendo el calor tan insoportable que hacía y la forma en que sudaba, Roñoso se creyó toda la historia. Estaba pensando en la forma de hacerse con la camisa del Dragón de Fuego, se había olvidado totalmente del episodio del caballo de oro e insistió en cambiar sus pieles de zorro por la camisa. Bocazas rechazó la oferta, pero cuando Roñoso añadió cincuenta sacos de plata al precio, entonces dijo: “Vaya, no soy un digno descendiente de mis antepasados por haber perdido el tesoro familiar”. Habiendo dicho ésto, se quitó la camisa y se puso la piel de zorros de Roñoso. Recogió los cincuenta sacos de plata y dando grandes zancadas desapareció de su vista todo lo rápidamente que le fué posible.

Roñoso saltaba de alegría. Algunos días después llegó el cumpleaños de su suegro y con el fin de sorprenderle planeó enseñarle su nueva adquisición al ir felicitarle por su cumpleaños y no se le ocurrió nada mejor que llevar puesta su camisa del Dargón de Fuego. El sitio estaba algo alejado del pueblo, y no había ningún refugio para protegerse de la ventisca. Encontró un árbol cerca de la carretera que había ardido a medias en un incendio. Había un gran agujero en el tronco y también espacio suficiente para una persona. Roñoso no se lo pensó dos veces y se acomodó dentro del agujero del tronco del árbol, pero al momento su cuerpo empezó a entumecerse por el frío y murió poco después.

Varios días después su cuerpo fué encontrado por su familia. Ellos sabían que había sido vuelto a engañar por Bocazas y enviaron a dos matones a capturarle.

“Mi preciosa camisa arde cuando entra en contacto con astillas, hierba o madera”, explicó Bocazas: “el amo debe haber muerto helado, no me culpo por ello, nunca le dije que se escondiera dentro del tronco de un árbol. Si te fijas verás que la mitad del árbol ya estaba quemado”.

Cuando la familia examinó el árbol y comprobó que era tal y como Bocazas lo había descrito, no tuvieron otra opción que liberarlo.

María de Gracia

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Bibliografía:

“Favourite Folktales of China”, traducido por John Mindford.

Acerca de María de Gracia

Me llamo María de Gracia, soy natural de Madrid, España, y dedico todo el tiempo que puedo a mi blog, a mis artículos, a las clases, a algunas terapias, y también a leer las cartas del Tarot de Marsella. No estoy en ninguna red social, ni en facebook, ni en ninguna otra, ya que mi trabajo en el blog, y mi familia, ocupan la mayor parte de mi tiempo. Gracias por visitar mi blog y por seguir confiando en mi trabajo. Un saludo muy cordial, María de Gracia
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