El monedero mágico

(Un cuento tradicional de Corea)

Hace mucho, mucho tiempo había una joven pareja que vivía en una pequeña choza hecha de juncos y techo de paja en medio de un barranco. Eran tan pobres que cada día tenían que cortar dos fardos de leña y llevarla al mercado para venderla colgados en sus espaldas.

Un día la joven pareja volvió de la montaña transportando la leña. Pusieron un fardo en el patio y quedaron en venderlo en el mercado al día siguiente para comprar arroz. El otro fardo lo guardaron en la cocina para su uso personal. Cuando se despertaron por la mañana, el fardo del patio había desaparecido misteriosamente. No había nada que hacer excepto vender el fardo que se habían quedado para ellos.

Ese mismo día cortaron otros dos fardos de leña como siempre. Pusieron uno de ellos en el patio para venderlo en el mercado y se quedaron con el otro para su uso personal. Pero a la mañana siguiente, el fardo del patio había desaparecido misteriosamente también. Lo mismo pasó con el tercero y el cuarto día hasta que el esposo empezó a pensar que había algo raro en todo ésto.

Al quinto día el esposo hizo un hueco en el fardo de leña y se escondió dentro. Nadie podía verle. A medianoche una cuerda enorme descendió del cielo, se ató por sí misma al fardo elevándolo con rapidez hacia el cielo junto con el joven esposo todavía dentro.

Al llegar al cielo se encontró con un amable anciano de pelo blanco que caminaba hacia él. El viejo desató el fardo y cuando le vió dentro preguntó: “Otra gente sólo corta un fardo de leña al día, ¿por qué tú cortas dos?”.

El joven esposo hizo una reverencia al anciano y contestó: “somos muy pobres, por éso my esposa y yo cortamos dos fardos de leña al día. Un fardo es para nuestro propio uso y el otro lo llevamos al mercado. Con su venta podemos comprar arroz y hacer gachas”.

El anciano empezó a reirse y dijo al leñador entre dientes: “sé desde hace mucho tiempo que sois una pareja decente que lleva una vida dura y sin lujos. Te daré un pequeño tesoro. Llévalo contigo y te dará todo lo que necesites”.

Tan pronto como el viejo acabó de hablar aparecieron siete hadas que transportaron al leñador dentro de un magnífico palacio. Sus aleros de oro y sus relucientes tejas brillaban tanto que lo deslumbraron. Dentro del palacio había muchos objetos raros que él nunca había visto antes. Bolsas y talegos de todos los tamaños y colores colgaban a lo largo de la habitación. Las hadas le preguntaron: “¿Cual de ellos te gusta más?”, escoge el que quieras y llévatelo a casa”.

El leñador no cabía en sí de gozo: “me gusta ese monedero, el que tiene cosas bonitas. Dame ese redondo”. El leñador escogió el más grande y emprendió el camino de salida del palacio.

En ese preciso momento apareció el anciano y con expresión severa dijo al joven esposo: “No puedes llevarte ése. Te daré uno vacío. Cada día puedes sacar una moneda de plata de él, pero nada más”. El leñador estaba pletórico de alegría y aceptó la advertencia. Cogió el monedero vacío y colgándose de la gigantesca soga fué bajado hasta la tierra.

Una vez en casa le dió el monedero a su esposa y le dijo lo mismo que le había dicho el anciano. Ella se mostró muy feliz. A la mañana siguiente fueron a cortar leña como habían hecho siempre, pero al llegar a casa de vuelta, al caer la noche, y entrar en casa vieron que el monedero estaba abierto. A instante saltó de dentro de él una ruidosa y reluciente moneda de plata. Todos los días salía del monedero una moneda de plata y ni una sola más. La esposa se encargaba de ahorrar todo lo que no gastaban.

El tiempo transcurría muy lentamente y un día el esposo sugirió: “vamos a comprar un buey”.

La esposa no estaba de acuerdo. Unos días después el esposo volvió a sugerir: “¿qué tal si compramos unos cuantos acres de tierra?”.

La esposa no estaba de acuerdo con esa idea tampoco. Unos días después la esposa sugirió: “vamos a construir una pequeña cabaña.

El esposo tenía prisa por gastar todo el dinero que habían ahorrado y dijo: “ya que tenemos todo ese dinero a mano, ¿por qué no construimos una gran casa de ladrillos?”.

La esposa esta vez no fué capaz de disuadir a su esposo y aceptó la idea.

El esposo gastó el dinero en ladrillos, en tejas y en contratar carpinteros y albañiles. Desde entonces ninguno de ellos volvió a la montaña a cortar leña. Llegó el día en que sus ahorros empezaron a diezmarse a pasos agigantados y la nueva casa todavía estaba sin acabar. El esposo había pensado muchas veces en pedirle al monedero que les regalara más monedas y sin que su esposa lo supiera, abrió el monedero por segunda vez en el mismo día. Al instante apareció otra reluciente y ruidosa moneda de plata que cayó al suelo. El esposo abrió el monedero una tercera vez y apareció la tercera moneda.

Se dijo a sí mismo: “Si sigo como hasta ahora podré acabar la casa en poco tiempo”. El joven esposo había olvidado las advertencias que le había hecho el anciano y cuando abrió el monedero por tercera vez vió que estaba completamente vacío. Esta vez no saltó ninguna moneda reluciente ni ruidosa fuera del monedero. Se dió cuenta de que era solamente un viejo y raído bolsito de tela barata. Cuando echó una mirada a su inacabada casa, se percató de que la casa había desaparecido y que detrás de él seguía estando su vieja choza con techo de paja.

El leñador se sintió muy mal. Su esposa vino a consolarle y le dijo: “no podemos depender del monedero mágico caído del cielo. Volvamos a la montaña a cortar leña como hacíamos antes. Esa es la forma más segura que tenemos de ganarnos la vida”.

Y desde ese día en adelante la joven pareja, una vez más, volvió a la montaña a seguir cortando fardos de leña y a vivir la vida dura que habían vivido siempre.

María de Gracia

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Bibliografía:

Favourite Folktales of China, translated by John Minford (Beijing: New World Press, 1983), pp. 143-147.

Acerca de María de Gracia

Me llamo María de Gracia, soy natural de Madrid, España, y dedico todo el tiempo que puedo a mi blog, a mis artículos, a las clases, a algunas terapias, y también a leer las cartas del Tarot de Marsella. No estoy en ninguna red social, ni en facebook, ni en ninguna otra, ya que mi trabajo en el blog, y mi familia, ocupan la mayor parte de mi tiempo. Gracias por visitar mi blog y por seguir confiando en mi trabajo. Un saludo muy cordial, María de Gracia
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