La capa hecha con la piel del Rey Tigre

(una leyenda de Mongolia)

Hace mucho, mucho tiempo vivía en la Tierra de los Khan (rey)  un hombre muy pobre llamado Alad (pastor en la época feudal). Su esposa trajo al mundo a tres niños, pero desgraciadamente todos murieron. La pareja no tuvo ningún hijo más y vivieron en soledad una vida llena de miserias.

Entonces, cuando menos lo esperaban, la esposa de Alad trajo al mundo a un niño. La pareja saltaba de alergía, pero pronto empezaron a preguntarse cómo iban a criar a ese niño. Excepto por una vaca y dos cabras montesas ellos no tenían nada más de valor. ¿Qué iban a hacer?. A pesar de las dificultades podían conseguir leche de la vaca para alimentar a su bebé. El niño no crecía por días, sino por horas. Antes del anochecer ya era más alto y más fuerte que un hombre. Esposo y esposa estaban tan atónitos como encantados. Al niño le pusieron el nombre Ku-nan, que significa “Antiguo Sur”.

El primer día, Ku-nan se comió la cabra entera. Al siguiente día se comió la segunda cabra también entera. El matrimonio estaba consternado. Un día más, pensaron, se comerá la vaca, y entonces, ¿de qué vamos a vivir?.

Al tercer día Ku-nan dijo a su madre:

“Ah-Ma, somos tan pobres y sólo nos queda una vaca. Déjame salir a buscar algún trabajo. Tengo miedo de ponerme enfermo si sigo en casa más tiempo”.

La madre miró a su hijo, tan grande y robusto, y tomando su gran mano le dijo con lágrimas en los ojos:

“Hijo mío, ¿qué clase de trabajo puedes hacer?. Hai, quizá deberías ir al Khan, él podría tener algún trabajo para tí”.

Ku-nan reflexionó un rato y después le pareció buena idea.

Al despedirse de sus padres se dió cuenta de que tenía el estómago vacío. A medio camino se encontró con un lobo hambriento. Tan pronto como el lobo le vió, saltó sobre el chico, pero Ku-nan le esquivó y acto seguido le dió muerte. Después le quitó la piel e hizo una hoguera donde asó la carne y se la comió. Habiendo hecho eso, continuó su camino y al caer la tarde llegó a las tierras del Khan y se dirigió directamente a su yurt.

Yurt -tienda de campaña mongol

El astuto viejo Khan se dió cuenta de la fuerza de Ku-nan y le invitó a comer una vaca asada. Ku-nan no sólo se comió toda la carne, sino que también dejó los huesos limpios. El Khan entonces le contrató como su asistente personal y guardaespaldas.

Ku-nan acompañaba a cazar al Khan hasta lo más profundo del bosque y cada vez volvía a casa con el zurrón lleno. Un día cuando ambos, junto con algunos sirvientes del Khan, fueron de caza a lo más profundo del bosque, apareció un gran tigre que saltó encima de ellos. El Khan estaba tan asustado que le entró un sudor muy frío. Sin pensar en salvar a su guardaespaldas, saltó sobre la grupa de su caballo y huyó hacia la montaña. Los sirvientes del Khan huyeron atropelladamente tapándose la cabeza con las manos.

Pero Ku-nan no se movió. Cuando el tigre saltó sobre él, lo esquivó apartándose tranquilamente hacia el otro lado y agarrando una de sus patas traseras estrelló a la bestia contra un gran árbol. Después del impacto, las hojas del árbol cayeron al suelo. El tigre yacía inerte sobre la tierra. Ku-nan cargó al animal sobre su espalda y se puso en marcha en busca del Khan.

Cuando el Khan llegó a su yurt todavía se encontraba en tal estado de shock que le era imposible bajar de su caballo. Afortunadamente sus sirvientes, que habían salido por sus medios cuando apareció el tigre, fueron en su ayuda y le bajaron del caballo. En ese momento llegó Ku-nan. Cuando el Khan vió al tigre sobre la espalda de Ku-nan le entró el pánico. Corrió dentro de su yurt y cerró la puerta:

“!Deprisa, todos vosotros”, gritaba, “!proteged la puerta, no permitáis que el tigre entre!”.

Después, cuando le dijeron que era un tigre muerto lo que traía Ku-nan, hizo acopio de fuerzas, salió de su escondite y echando espuma por la boca de rabia, maldiciendo a Ku-nan y usando todas las palabras sucias que conocía cogió la piel de tigre y la metió en su tienda.

Una vez que el Khan hubo extendido la piel del tigre a modo de colchón, decidió que quería una capa hecha con la piel del Rey Tigre. Entonces ordenó a Ku-nan capturar al Rey Tigre en tres días. Si fallaba en su misión el Khan podría ordenar su ejecución. Ku-nan se sintió muy abatido. ¿Dónde iba a encontrar al Rey Tigre?. Había oído decir que el Rey Tigre vivía en una cueva en las remotas Montañas del Norte y que había muchos tigres en esa zona. Pero nadie había llegado nunca hasta esos parajes.

El cielo empezó a oscurecerse y Ku-nan volvió a casa muy compungido. Contó a sus padres lo que había pasado. El matrimonio entró en un dilema. Si le impedían ir, tenían miedo de que el Khan pudiera ordenar su ejecución. Pero si le dejaban ir, ¿quién podría garantizar su seguridad?.

Esposa y esposo se sentaron uno frente al otro y empezaron a llorar. Ellos sabían que Ku-nan tenía dificultades para tomar decisiones. De repente un viejo Alad (pastor en la época feudal) apareció dentro de su humilde cabaña.

“Muchacho”, dijo dirigiéndose a Ku-nan, “no estés apesadumbrado. El Rey Tigre tiene miedo de un hombre valiente. Siempre que tengas a tu tierra y a tus seres queridos en mente, serás capaz de superar cualquier dificultad. Vete, muchacho. Te daré un pony moteado para que te lleve. Buena suerte!”.

El viejo Alad besó suavemente a Ku-nan en la frente y desapareció. Cuando Ku-nan salió fuera vió al pequeño pony moteado esperándole relinchando con fuerza.

Los cielos empezaron a despejarse gradualmente y Ku-nan se despidió de sus padres. Cogiendo su arco, la bolsa con las flechas y la daga, subió al pony y partió a cumplir con su misión. Al principio el pony trotaba a un ritmo normal, pero luego empezó con un ligero galope y después paso a un galope muy rápido. Cada vez galopaba más deprisa y lo hacía tan rápidamente que Ku-nan sólo podía distinguir medio a ciegas los yurts a lo largo del camino.

Después de un rato el pony empezó a aminorar la velocidad. Entonces Ku-nan vió cerca de un yurt a un lobo que se disponía a atacar a una niña. Justo a tiempo sacó una flecha de su bolsa, la puso en el arco y la disparó. El lobo cayó muerto de inmediato sobre la tierra con la flecha clavada en la cabeza.

Una mujer mayor salió corriendo del yurt. Cuando se dió cuenta de que Ku-nan había salvado la vida de su nieta, le invitó a un tazón de leche y té. Antes de partir la abuela le dió un hueso de cordero y le dijo:

“Tómalo, muchacho, te será muy útil en el futuro”.

Con el regalo en la mano Ku-nan saltó sobre el pony y continuó su camino hacia el norte. Mientras trotaba se dió cuenta de que la carretera estaba bloqueada por un gran río. De repente el agua empezó a formar olas gigantes. Una tortuga enorme salió de entre las olas y empezó a nadar hasta alcanzar la orilla del río.

“Muchacho,” dijo la tortuga con voz ronca, “es mejor que vuelvas por donde has venido. Nunca podrás cruzar este río”.

“Oh, seguramente”, replicó Ku-nan. “Todas las dificultades pueden ser vencidas”.

“Oh, bien, entonces, bravo muchacho”, dijo la tortuga, “por favor, ayúdame. Mi ojo izquierdo me duele mucho, me gustaría quitármelo y reemplazarlo por uno nuevo. Por favor, ayúdame: sácame el ojo”.

“Muy bien, te ayudaré”.

Tan pronto como Ku-nan miró en sus manos, !vió que el ojo se había convertido en una perla!. Una brillante y preciosa perla. Después de éso, la vista de Ku-nan se volvió mucho más aguda, podía ver incluso algunas yurts a gran distancia. Ku-nan entonces montó en su pony. Como si el pony comprendiera lo que deseaba su amo, saltó dentro del agua. !Qué milagro!. Tan pronto como la preciosa perla tocó el agua, éste se abrió convirtiéndose en dos paredes transparentes dejando en medio un camino seco para que pudieran pasar. Ku-nan llegó hasta la otra orilla del río sin dificultades. Entonces el agua volvió a su forma y curso natural como si nada hubiera ocurrido.

Ku-nan prontó alcanzó los yurts que había visto de lejos. Había un viejo pastor que lloraba en silencio. Era un espectáculo lamentable. Bajándose del pony, Ku-nan se dirigió a él diciéndole:

“Abuelo, ¿qué te pone tan triste?. Por favor, dímelo, quizá puedo serte de ayuda”.

El viejo pastor secándose los ojos suspiró y dijo:

“Jovencito, incluso si te lo dijera me temo que no podrías ayudarme. Ayer mi única hija fué raptada por el Rey Tigre. Todavía no sé si está viva o muerta…….”.

El viejo pastor rompió en desgarradores sollozos.

“Abuelo, no te desanimes”, Ku-nan le consolaba. “Estoy seguro que tu hija no está muerta. Voy en busca de ese Rey Tigre. Llegaré hasta él y rescataré a tu hija”.

El viejo pastor empezó a animarse. Invitó a Ku-nan a entrar en su yurt y a beber té; después, Ku-nan dió las gracias al viejo pastor y se marchó.

Antes de anochecer, Ku-nan llegó al lugar donde vivía el Rey Tigre. Desde lejos podía ver una cueva de piedra excavada en la montaña. En la entrada había más de diez tigres en guardia. A medida que Kun-nan se acercaba a la cueva, iba sacando el hueso de cordero de su zurrón y se lo echó a los tigres. Entonces pudo entrar en la cueva y encontró a la hija del viejo pastor.

Ella le dijo que el Rey Tigre estaba fuera desde primera hora de la mañana y que todavía no había vuelto, pero que no tardaría en hacerlo. Pensó en ocultar a Ku-nan, pero él se negó sugiriendo que lo primero era sacarla de allí y llevarla de vuelta a su casa. A ella le pareció bien, se montaron en el pony y salieron de la cueva mientras los tigres de fuera seguían peleándose por el hueso de cordero. Ku-nan blandió su látigo y el pony se lanzó a correr montaña abajo como si fuera un torbellino.

De repente sopló una ráfaga fuerte de viento del Norte. Subido encima de una nube amarilla, venía un Ogro con cabeza de tigre y el cuerpo de un hombre, todo cubierto con pelo de oro, que empezó a perseguirles. Ku-nan se revolvió y disparó una flecha que fué a parar directamente al ojo izquierdo del Ogro. El Rey Tigre empezó a rugir con furia. Alargó una enorme pata y descabalgó a Ku-nan de su pony. Luego, de un solo golpe en la cintura, le tiró al suelo. Ku-nan se escabulló y con un certero golpe en la nuca hirió al ogro de tal forma que cayó al suelo y sin esperar a que reaccionara, desenvainó rápidamente su daga y clavó su hoja en la cabeza calva del Ogro. Ku-nan había acabado con la vida del Rey Tigre. Cogió el cadáver por una pata y lo cargó en su pony. Entonces ambos volvieron a la casa de la muchacha. Cuando el viejo pastor vió que Ku-nan había rescatado a su hija se puso tan contento que se la entregó en matrimonio.

Ku-nan pasó la noche en su yurt y con las primeras luces del día, volvió a montar en el pony con su esposa. Pero justamente cuando estaban preparándose para partir oyeron el aullido del viento del norte. Ku-nan se dió la vuelta y pudo ver diez, o más, tigres pisándoles los talones. Estos tigres eran los que se habían peleado por el hueso de cordero el día anterior. Ku-nan mandó a su esposa que se metiera rápidamente en el yurt. Cogió una flecha y la disparó a la cabeza del tigre; después desenvainó la daga y fué al encuentro de los demás tigres.

Se produjo entonces un furioso combate. En menos de un suspiro acabó con siete u ocho de ellos, pero el resto le atacaron con mucha más fiereza. Ku-nan estaba agotado. En el momento en que estaba a punto de perder el conocimiento, el viejo pastor, a la cabeza de unos diez muchachos, acudió a rescatarle. Llevaban con ellos las pértigas que se usan para domar caballos. Ayudaron a Ku-nan, capturaron a los tres tigres y le salvaron del peligro. Les dió las gracias por su ayuda y les entregó los tigres que había matado. Volvió a montar a su esposa en el pony y se dirigieron de vuelta a las tierras del Khan.

Cuando el Khan vió que Ku-nan había matado al Rey Tigre y que traía con él a una bella esposa, se sintió muy feliz y a la vez un poco envidioso. Ordenó a la esposa de Ku-nan confeccionarle una capa con la piel del Rey Tigre y no perder ni un solo pelo del pellejo. La esposa de Ku-nan hizo lo que el Khan le pidió y le confeccionó una hermosa capa. Cuando el Khan vió la capa se mostró muy satisfecho. Pensó que la capa le hacía parecer todavía más majestuoso. Quiso que todo el mundo fuera informado de que él, el Khan, era el dueño de una capa hecha con la piel del Rey Tigre.

Erigieron una estatua frente al yurt del Khan. Invitó a todos sus soldados a comer, a beber y a correrse una juerga. Una gran multitud de gente venida de todos los rincones de sus tierras se agolpaba en la estrecha entrada del yurt para ver la capa del Rey Tigre. Después de un rato y en medio del estruendo de la música, el Khan se paseaba sobre la pequeña plataforma con aire de satisfacción. Hizo un ademán con su mano y un bien vestido sirviente subió a la plataforma llevando un paquete amarillo en la mano. Lo abrió y sacó la reluciente capa dorada hecha con la piel del Rey Tigre. El sirviente acercó la capa al público para que la vieran bien y dirigiéndose al Khan le ayudó a ponérsela. Tan pronto como el Khan se hubo puesto la capa se convirtió en un fiero tigre y haciendo un ruido ensordecedor saltó desde la plataforma y atacó a la multitud, mordiendo e hiriendo a mucha gente. Los soldados estaban tan asustados que se subieron a sus caballos y se llevaron todo lo que pudieron alcanzar que mereciera la pena.

En ese momento apareció Ku-nan; cuando vió al Tigre atacando a la gente e hiriéndoles, se sintió horrorizado. Pensó en disparar una flecha a la bestia, pero desgraciadamente había dejado su saco con las flechas y su arco en casa; incluso la daga no estaba en su faja. Cuando estaba pensando qué hacer, el Tigre se encaminó hacia él. Ku-nan se mantuvo firme y esperó hasta que la bestia estuviera a su alcance. Entonces, con la rapidez de un águila le agarró el rabo, le volteó en el aire y en menos de un suspiro le golpeó diez veces contra el suelo. El Tigre yacía herido, pero pronto murió. Y porque la bestia era en realidad el Khan, la gente quiso darle sepultura.

Desde entonces Ku-nan salió a cazar todos los días a lomos de su pony moteado y a su vuelta repartía su caza con los Alads (pastores) que se encontraba por el vecindario. Además a menudo curaba a los pobres de sus enfermedades oculares con su maravillosa perla; tan pronto como la gente mayor la miraba, sus ojos empezaban a ver con toda la fuerza que habían perdido; incluso los que eran ciegos recuperaban la vista. Gracias a su ayuda los Alads de la zona empezaron a componer canciones en su honor y todos ellos vivieron muy felices para siempre.

María de Gracia

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(derechos reservados)

Bibliografía:

Folk Tales from China, fifth series (Peking: Foreign Languages Press, 1960), pp. 46-57. Recorded by Sai Yeh.

Acerca de María de Gracia

Me llamo María de Gracia, soy natural de Madrid, España, y dedico todo el tiempo que puedo a mi blog, a mis artículos, a las clases, a algunas terapias, y también a leer las cartas del Tarot de Marsella. No estoy en ninguna red social, ni en facebook, ni en ninguna otra, ya que mi trabajo en el blog, y mi familia, ocupan la mayor parte de mi tiempo. Gracias por visitar mi blog y por seguir confiando en mi trabajo. Un saludo muy cordial, María de Gracia
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